Los taxis que llegan desde la capital terminan su viaje en un desolado parque en el corazón del Mariel, un poblado de apenas cinco cuadras de largo y termina en un pequeño malecón.
Para sus pobladores, el Puerto del Mariel es territorio extranjero

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Frente al mar, un angosto zócalo con una consigna del Che precede a la plazoleta, donde los fines de semana se arman fiestas con música grabada.