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Cárceles cubanas y huelgas de hambre


El ayuno total bajo el castrismo puede ser fatal en todos los órdenes: se puede morir, quedar inválido, lisiado de por vida o lo que es peor, perder el respeto de tus compañeros si dejas el calvario antes que se asuma una postura en común, o tus propios amigos te lo exijan.

La prisión es agobiante en cualquier sociedad, pero cuando se cumple cárcel en condiciones como las que caracterizan al régimen cubano, es cómo un andar en una angustia sin fin. La familia tiene que estar muy unida para que la relación con el preso sobreviva. Las amistades enfrentan intimidación y represión.

La solidaridad con el desafecto implica peligros. Represión, pérdida de empleos. Marginación. El respaldo a un preso significa pasar al bando de los reprimidos, de los odiados. Se conoce sólo lo que el gobierno quiere, se comenta en público lo que las autoridades permiten y la versión oficial, si es que existe, se sustenta en el descrédito del encarcelado.

Por su parte el prisionero tiene que poseer unas reservas morales muy fuertes para soportar el aislamiento, donde se hace real la gastada expresión de la muerte en vida. Las comunicaciones con el mundo exterior son escasas y siempre controladas por las autoridades.

Durante mucho tiempo el mundo ignoró lo que ocurría en las prisiones cubanas, pero ya la dictadura no puede esconder sus sucios secretos. El monopolio que ejerce sobre la información tiene fisuras, y al fin las personas han empezado a ver y escuchar lo que ocurre en la isla.

Una huelga de hambre en una prisión totalitaria es una acción dramática que puede fácilmente concluir en tragedia. La huelga de hambre, una elección peligrosa en cualquier situación, es posiblemente catastrófica cuando tiene lugar en un estado donde no hay opinión pública, donde las denuncias al interior del país no pasan de ser un heroico susurro.

Los ayunos totales bajo el castrismo pueden ser fatal en todos los órdenes: se puede morir, quedar inválido, lisiado de por vida o lo que es peor, perder el respeto de tus compañeros si dejas el calvario antes que se asuma una postura en común, o tus propios amigos te lo exijan.

Las huelgas de hambre son un instrumento de protesta, una estrategia, una acción para llamar la atención. Sin embargo, pueden convertirse en el último combate de la existencia por una decisión consciente, o simplemente porque el cuerpo no soportó la fatiga.

También hay quienes hacen una huelga de hambre con la intención precisa de echar la batalla final. De darlo todo por sus convicciones. Pedro Luis Boitel fue uno de ellos. En su última huelga no quiso informar a las autoridades. Escogió su manera de morir.

El heroísmo de Orlando Zapata Tamayo, su férrea voluntad, las muchas huelgas que realizó, también parecen indicar que escogió conscientemente la ruta de la inmolación por sus ideales. El clamor de su cuerpo ha conmovido al mundo y ante esas convicciones no hay dictadura que valga, el individuo se impone al poder.

Todo parece indicar que ellos y muchos otros partieron a la huelga a sabiendas de que sería su final. Eligieron morir así. Un corajudo grito de silencio. Un acto de total independencia.

Rechazar alimentos por un periodo de tiempo, dice Amado Rodríguez, 29 días en huelga de hambre, "exige disciplina, concentración y la convicción suficiente para no ceder ante los reclamos del cuerpo, cuando los días pasan, se incrementa la debilidad, y sólo queda el recurso de las fuerzas morales para enfrentar las demandas de tu humanidad que se derrumba, es cuando en verdad te percatas de que tienes que nutrirte de tu espíritu, viajar hasta los más profundo de tu ser para desgajarte de todo aquello que ya es lastre, porque tu objetivo en ese momento es darte a la causa. Todo desaparece frente a ti y solo quedan tus convicciones".

Han sido muchas, de 1959 a la fecha, las huelgas de hambre que han realizado los presos en Cuba. Huelgas individuales y colectivas, como una en 1968 en La Cabaña, en la que se involucraron más de 800 prisioneros políticos.

Algunas huelgas incluían no beber agua, como la que realizó el ya fallecido Jorge Rodríguez Muro, la hizo en la cárcel de Remedios. La seria crisis que enfrentó a los siete días de no beber agua, siempre se negó a recibir atención médica, determinó a sus carceleros satisfacer sus demandas.

El médico Alberto Fibla González, ex preso político cubano, participante de varias huelgas de hambre, refiere en el libro Cuba y castrismo: huelgas de hambre en el presidio político, de José Antonio Albertini: ``Una huelga de hambre es un proceso terrible. Un huelguista está agonizando después del vigésimo día sin ingerir alimentos. El hambre es insoportable. Comienza con esa sensación de vacío que todos conocemos. [. . .] Aparecen los vómitos que deshidratan, al mismo tiempo que se experimenta frialdad, palidez y sudoración pegajosa. La vista merma de día en día y se convierte en una nube que distorsiona paredes y rejas. Las piernas parecen despegarse del cuerpo. [. . .] La piel se va aplastando contra el hueso, como si fuera a fundirse con él. Esto que digo no es más que el preludio obligado que conduce, si la postura se mantiene, a una muerte lenta y angustiosa''.

Lamentablemente, las huelgas de hambre se han llevado a muchos prisioneros políticos, pero muchos más han quedado quebrantados de por vida. Pero a veces se aprecian más en aquellos que con un coraje ejemplar asumieron el derecho divino de morir a su manera, pero que por diversas razones y motivos sobrevivieron a su empeño de partir como querían.

Es justo, antes de concluir, citar a los al menos 12 prisioneros políticos cubanos que han perecido en huelgas de hambre: Roberto López Chávez, Luis Álvarez Ríos, Francisco Aguirre Vidarrueta, Carmelo Cuadra Hernández, Pedro Luis Boitel, Enrique García Cuevas, Olegario Charlot Spileta, José Barrios Pedré, Reinaldo Cordero Izquierdo, Santiago Roche Valle, Nicolás González Regueiro y Orlando Zapata Tamayo.

Estos hombres que con un coraje ejemplar asumieron el derecho divino de morir a su manera, han dejado una huella indeleble en la memoria colectiva de la nación cubana, independientemente de la ideología o ausencia de ella, que practique cada uno de sus hijos.

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